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La participación soviética en la Guerra Civil española 18 septiembre 2007

Posted by peccataminuta in General, Política.
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Que cada uno saque sus conclusiones (dependiendo obviamente de su grado de ingenuidad):

/…/ La presencia de los soviéticos en la guerra de España ha sido objeto de los más diversos y contradictorios comentarios. Unos la han puesto en los cielos; otros la han denigrado. Mi opinión, tras los años transcurridos, es que sin esa ayuda no hubiéramos podido resistir, como lo hicimos durante treinta y dos meses.

Comenzada la sublevación, la República se encontró con la llamada «neutralidad» de los Gobiernos democráticos. Acuerdos anteriores con Francia para el suministro de material militar quedaron unilateralmente anulados. Gran Bretaña, con Chamberlain a la cabeza, fue hostil desde el primer día a la República. Eran los tiempos en que los gobernantes ingleses todavía esperaban un pacto con los países fascistas que derivara la agresividad de éstos contra la Unión Soviética. Por consiguiente no deseaban enfrentarse con Alemania e Italia, de ningún modo sobre el terreno español. A su vez Estados Unidos suministraba a Franco cuanto petróleo necesitaba. Surgió entonces la llamada política de (<<no intervención», meditada en Londres y propuesta en París por León Blum, que en definitiva sancionaba la pasividad de las potencias democráticas ante el conflicto y toleraba la injerencia de Alemania, Italia y Portugal a favor de Franco. La Unión Soviética aceptó durante las primeras semanas participar en el Comité de «no intervención» intentando que éste tomara medidas contra el apoyo del eje a los sublevados, pero cuando comprobó que esto no era posible, rompió con la farsa. El embajador soviético en Londres, Maiski, pronunció entonces las proféticas palabras siguientes, que anunciaban ya la segunda guerra mundial:

«La victoria de los rebeldes constituiría un estímulo para todas las fuerzas de odio y de destrucción en Europa, a consecuencia del cual sobrevendría en esa parte del mundo, en un porvenir no lejano, una catástrofe militar terrible.»

A partir de esto la Unión Soviética comenzó a enviar armamento a la República española. La distancia que tenían que recorrer los barcos que lo transportaban era grande; entonces la aviación no había alcanzado el desarrollo a que ha llegado hoy y no era posible utilizar ese medio para el transporte de material. Por consiguiente los riesgos para los navíos de transporte eran grandes, por el bloqueo submarino germano-italiano. Así fueron hundidos varios de ellos, entre los cuales el Komsomol.

A finales de octubre comenzaron a llegar a España tanques y aviones soviéticos. Como la República no tenía en ese momento muchos aviadores y carecía de tanquistas, los primeros tripulantes de esos ingenios fueron militares soviéticos. A los tanquistas los encontré en la operación de Se seña y a los aviadores en un aeródromo de los alrededores de Madrid, Cuatro Vientos. Eran, naturalmente, jóvenes; venían animados por un ideal político de solidaridad antifascista, dispuestos a dejar su vida; no tenían nada de mercenarios o de ocupantes. Actuaban bajo el mando del Estado Mayor español. Más tarde, cuando la República dispuso de aviadores y tanquistas, los que sobrevivieron regresaron a su país.

Pero el efecto moral que causaron, cuando un par de días después del 6 comenzaron a interceptar a la aviación enemiga sobre el cielo de Madrid fue extraordinario. En esos casos la población de Madrid olvidaba las alarmas antiaéreas y se lanzaba en masa a la calle a contemplar los combates. Los aplausos surgían entusiastas cuando uno de aquellos «chatos» y «moscas» derribaba un aparato enemigo. La presencia de los aviones soviéticos nos permitió disminuir nuestros mítines relámpago en el metro; tenían más efecto que nuestras palabras en la moral de la gente.

Con ese y otro material comenzaron a venir los consejeros militares. Eran profesionales de primera clase con una experiencia militar adquirida en la primera guerra mundial o en su propia guerra civil. De su calidad da idea el hecho de que entre ellos se contara a hombres como Malinovski, Rodintsev, Voronov, Stern, Smirkovich, Pavlov, Kuznetsov y otros cuyos nombres se ilustraron en la segunda guerra mundial.

Ninguno tuvo mando directo alguno, cumplieron un papel de consejeros, y yo no he oído hablar de ningún jefe militar -cualquiera que fuera su inclinación política- que haya emitido quejas ‘en cuanto a su comportamiento discreto y respetuoso con los mandos españoles. Todos en cambio reconocieron su valor y su inclinación a estar en los lugares de mayor peligro.

En los meses en que yo estuve en el V Cuerpo de Ejército con el general Modesto y el comisario Delage, conocí bastante bien a su consejero, creo que ucraniano, al que llamábamos coronel Chevchenko -nunca supe si era su apellido real o un nombre de guerra-; era un hombre sencillo, afable, que se esforzaba por hacerse notar lo menos posible, que daba opiniones y hacía sugerencias cuando se lo pedían sin pretender jamás imponer sus criterios. Además de militar era, de hecho, un excelente diplomático y un compañero con el que se podía hablar de todo. Murió heroicamente en combate durante nuestra guerra.

Por mi experiencia estoy convencido de que los consejeros nun~ trataron de imponer una estrategia a los jefes militares españoles. Para decirlo me apoyo en lo que vi durante los primeros tiempos de la defensa de Madrid. Es sabido que en ese tiempo se desarrolló por parte de Largo Caballero un considerable enfrentamiento con el PCE y los consejeros soviéticos. Pero en el fondo y en la forma quienes tomaban las decisiones que lo provocaron eran los jefes militares españoles sobre el terreno: Miaja, Rojo, Pozas… Ellos eran los que decidían el traslado a los sectores de Madrid en peligro, de unidades que estaban en sectores más tranquilos del Ejército del Centro, o entre sus reservas, chocando con los proyectos de Largo Caballero y Asensio que pretendían utilizarlas en otras operaciones. Largo’Caballero parecía estar convencido de que esto formaba parte de una estrategia del PCE y de los soviéticos que difería de la suya y no respetaba sus órdenes, cuando en realidad la estrategia era de Rojo y los militares que le rodeaban y lo que hacía el PCE, considerando prioritaria la defensa de Madrid, era coincidir con éstos y apoyarlos, sosteniendo a la vez con más energía que el propio PSOE al Gobierno de Largo Caballero y atribuyéndole públicamente todos los méritos de la defensa de la capitaL Son muchos los discursos y declaraciones que yo y otros camaradas hicimos durante esas fechas en tal sentido.

En general los instructores militares soviéticos se sujetaron a las directrices de las que informaron Stalin, Molotov y Voroshilov a Largo Caballero en una carta del 21 de diciembre:

«Se les advirtió de modo terminante de que no perdieran de vista que, con toda la conciencia de solidaridad de que hoy están penetrados el pueblo español y los pueblos de la URSS, el especialista soviético, por ser extranjero en España, no puede ser realmente útil sino a condición de atenerse rigurosamente a la función de consejero y sólo de consejero.

»Le rogamos nos comunique en pie de amistad en qué medida nuestros camaradas militares saben cumplir la misión que usted les confía, ya que, naturalmente, sólo si usted juzga positivo su trabajo puede ser oportuno que sigan en España.

»También le rogamos que nos comunique directamente y sin ambages su opinión acerca del camarada Rosenberg: si satisface al Gobierno español o conviene sustituirle por otro representante.»

En el terreno político la ayuda soviética y de la Internacional Comunista fue más contradictoria. Por un lado los consejos venidos de ellos contribuyeron a que el PCE tuviera una visión política más acertada del carácter de la guerra que otras fuerzas, visión que finalmente, con más o menos convicción, fue compartida por la mayoría de ellas. Se trataba de defender la República democrática y parlamentaria contra el fascismo y no de instalar un régimen socialista o libertario; de aplicar el pluralismo políti00, propiciando la participación real de los partidos burgueses bastante desmoralizados y propicios a abandonar; de distribuir la tierra acaparada por la aristocracia latifundista entre los campesinos, garantizando a éstos la posibilidad de un disfrute individual; de respetar la propiedad de la pequeña y mediana burguesía en todos los casos en que éstas no habían abandonado sus negocios; de reconstruir un Ejército regular y unas fuerzas de seguridad subordinadas al Gobierno legítimo, afirmando la unidad de mando y de reconstruir de manera global un aparato de Estado democrático. A pesar de esta posición los comunistas éramos acusados por la prensa y los políticos reaccionarios del mundo de estar haciendo una revolución a la soviética, mientras en el interior de España los «izquierdistas» desaforados -que no eran pocos- nos vituperaban porque «sacrificábamos la revolución a la necesidad de ganar la guerra».

En la carta de Stalin, Molotov y Voroshilov, ya citada, tras afirmar que «es muy posible que la vía parlamentaria resulte un procedimiento de desarrollo revolucionario más eficaz en España de lo que fue en Rusia» se someten a la discreción de Largo Caballero cuatro significativos consejos:

«1) Convendría dedicar atención a los campesinos, que tienen gran peso en un país agrario como España. Sería de desear la promulgación de decretos de carácter agrario y fiscal que satisficieran los intereses de los campesinos. También convendría atraer a éstos al Ejército y formar en la retaguardia de los ejércitos fascistas grupos de guerrilleros integrados por campesinos.Los decretos en favor de éstos podían facilitar esta cuestión.

»2) Convendría atraer alIado del Gobierno a la burguesía urbana, pequeña y media, o, en todo caso, darle la posibilidad de que adopte una actitud de neutralidad favorable al Gobierno, protegiéndola de los intentos de confiscaciones y asegurando en lo posible la libertad de comercio. En caso contrario estos sectores seguirán a los fascistas.

»3) No hay que rechazar a los dirigentes de los partidos republicanos, sino, contrariamente hay que atraerlos, aproximarlos y asociarlos al esfuerzo común del Gobierno. Es en particular necesario asegurar ~l apoyo al Gobierno por parte de Azaña y su grupo, haciendo todo lo posible para ayudarlos.a cancelar sus vacilaciones. Esto es también necesario para impedir que los enemigos de España vean en ella una República comunista y prevenir así su intervención declarada, que constituye el peligro más grave para la España republicana.

»4) Se podría encontrar la ocasión para declarar en la prensa que el Gobierno de España no tolerará que nadie atente contra la propiedad y los legítimos intereses de los extranjeros en España, de los ciudadanos de los países que no apoyan a los facciosos.» Estos consejos al presidente del Gobierno reflejaban un buen sentido político que desgraciadamente había sido vulnerado por iniciativas de tipo «izquierdista» difíciles de corregir. En la medida en que los consejos soviéticos llegaron a España tuvieron el mismo carácter positivo.

En un momento de la guerra la Internacional Comunista aconsejó al PCE la salida del Gobierno, y su apoyo a éste, sin participar, para tratar de romper la visión que daban de España las fuerzas reaccionarias mundiales. El PCE estuvo dispuesto a seguir el consejo y si finalmente no salió del Gobierno fue porque los demás aliados, particularmente Negrín, lo juzgaron peligroso para la moral de las fuerzas combatientes más decisivas, que eran en gran parte las encuadradas por militantes comunistas.

Hasta el final, la URSS suministró cuanto armamento pudo a la República. A fines del 38 el Gobierno encargó al general Hidalgo de Cisneros que negociara con el Gobierno soviético un nuevo envío de armas; lo explica el general en sus memorias. Se habían terminado, según le comunicaron, las reservas de oro que España había depositado en el Banco de Estado de dicho país y por ello éste hizo un empréstito a España por el importe del pedido. Desgraciadamente esas armas llegaron, por los obstáculos puestos por el Gobierno francés para que transitaran por su territorio, cuando estábamos perdiendo Cataluña y era ya tarde para utilizarlas con provecho.

No es extraño en esas condiciones, cuando el único país -con excepción de México, que no era una potencia militar- que ayudaba a la República era la URSS, mientras las potencias occidentales bloqueaban nuestro esfuerzo de defensa, que el prestigio soviético alcanzara tan altos niveles entre el pueblo español.

El dirigente socialista Juan Simeón Vidarte, en su libro Todos fuimos culpables, describe así los efectos de esta situación:
«Todo esto repercutió aunque no se quisiera en una desviación hacia la izquierda del grueso de las masas socialistas que veían claramente que el único país que estaba ayudando a la República era Rusia.» En efecto la actitud de la URSS hacia la República contribuyó al acercamiento al PCE de muchos socialistas y también de republicanos y anarquistas.

Pero la política soviética tuvo también un efecto negativo que creo, por lo menos, envenenó algunos problemas internos durante la guerra. Concretamente el traslado de la confrontación con los trotskistas a España. /…/

SANTIAGO CARRILLO “Memorias” (1993) Editorial Planeta.

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